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BALAIS SI NOSOTROS TOCAMOS. UNA VIDA DEDICADA A LA MILITANCIA

La militancia no es una pose ni una etapa romántica de la vida. Es una forma de estar en el mundo. Una forma de pararse frente a la injusticia cuando resulta más cómodo mirar para otro lado. Una decisión que no siempre se elige una sola vez, porque se renueva todos los días, incluso cuando duele, incluso cuando cansa.
Militar por los derechos humanos es aprender temprano que nada está garantizado. Que cada derecho conquistado fue antes una pelea desigual. Que detrás de cada ley hay nombres, cuerpos, historias, pérdidas. Y que la democracia no es un punto de llegada, sino un terreno en disputa permanente.

Muchos de nosotros empezamos jóvenes, casi sin darnos cuenta. En una asamblea, en una carpa, en una radio comunitaria, en una huelga. Aprendimos que organizarse no es solo resistir, sino también construir. Que la solidaridad no es un discurso sino una práctica cotidiana. Y que el poder real no siempre está donde dicen que está.
La vida militante no se mide en cargos ni en likes. Se mide en coherencia. En sostener una línea aun cuando no conviene. En no negociar principios a cambio de tranquilidad. En entender que los derechos humanos no son un tema del pasado, sino del presente más crudo: en el trabajo, en el barrio, en la justicia, en los cuerpos de las mujeres, en la persecución a quienes se organizan.

“Balais si nosotros tocamos” no es una amenaza ni una provocación vacía. Es una verdad histórica. Los pueblos se mueven cuando alguien se anima a marcar el ritmo. Cuando alguien pone el cuerpo primero. Cuando alguien dice basta y no retrocede. Cada avance popular fue precedido por organización, por conflicto, por incomodidad para los poderosos.

Por eso incomoda la militancia. Porque no pide permiso. Porque no espera el momento ideal. Porque no acepta la injusticia como destino. Porque recuerda que los derechos no se conceden: se conquistan.
Militar también es pagar costos. Soportar el desgaste, la estigmatización, el silencio de quienes miran desde lejos. Pero es, sobre todo, una forma de dignidad. Una forma de no traicionarse. De saber de qué lado de la historia se está, incluso antes de que la historia lo confirme.

Seguimos militando porque alguien antes militó por nosotros. Y porque sabemos que alguien después va a necesitar que no aflojemos ahora. Porque la memoria no es un acto ceremonial: es una herramienta política. Y porque los derechos humanos no se defienden declamándolos, sino ejerciéndolos.
Si bailan cuando tocamos, no es por el ruido. Es porque el ritmo les recuerda que el pueblo sigue vivo, organizado y de pie.

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