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En pocos días, personas sin conflictos previos comenzaron a verse como enemigas. La hostilidad creció rápidamente y la experiencia tuvo que ser interrumpida. La conclusión fue clara: debajo de una delgada capa de civilidad, los seres humanos conservamos un fuerte instinto tribal.

Ese mecanismo no quedó encerrado en un laboratorio. Hoy se reproduce todos los días en la política, en los sindicatos y, de manera muy concreta, en los lugares de trabajo. En fábricas, comercios, hospitales y oficinas, el tribalismo aparece cuando se fragmenta al colectivo laboral: delegados contra delegados, afiliados contra no afiliados, contratados contra efectivos, “los nuevos” contra “los viejos”, “los que reclaman” contra “los que no hacen ruido”. Cuando esa lógica se instala, el conflicto deja de analizarse y empieza a sentirse. Ya no importa si un reclamo es justo o necesario. Importa quién lo dice. Si pertenece a mi grupo, se defiende. Si viene del otro, se descalifica.
Ahí es donde el conflicto laboral empieza a transformarse en violencia política.
Porque la violencia no siempre es un golpe o un grito. También es el aislamiento, el señalamiento, la estigmatización, el hostigamiento cotidiano, la ruptura deliberada de la solidaridad entre trabajadores. Y esto no ocurre por casualidad.
Existen actores políticos, sindicales y empresariales que conocen perfectamente este mecanismo. Saben cómo activar el instinto tribal, cómo dividir colectivos de trabajo y cómo usar esa fragmentación para debilitar reclamos, disciplinar y evitar organización.
Por eso la formación sindical no puede limitarse a explicar leyes o convenios colectivos. Formar también es enseñar a reconocer estos dispositivos de manipulación.
La capacitación sindical con perspectiva política y de derechos humanos cumple una función clave: ayuda a leer el conflicto sin caer en la lógica amigo-enemigo, devuelve herramientas para discutir ideas sin convertir diferencias en traiciones y previene la violencia política antes de que estalle en el lugar de trabajo.
Entender el tribalismo no nos vuelve inmunes, pero sí nos vuelve menos manipulables. Y en un contexto donde la división es utilizada como método de control, pensar colectivamente se vuelve un acto de resistencia.
Formar no es adoctrinar.
Formar es cuidar a los colectivos de trabajo.
Formar es anticiparse al conflicto antes de que la violencia haga su trabajo.
En tiempos de polarización extrema, la verdadera organización empieza por la conciencia.