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En política solemos repetir una idea que no es ingenua ni exagerada: quien traiciona en lo íntimo, difícilmente sea leal en lo colectivo, en esto no podemos negociar.

No se trata de juzgar vidas privadas ni de convertir la moral en tribunal.
Se trata de comprender algo más profundo: la lealtad es una forma de conducta, no un discurso, cuando una persona traiciona a quien dice amar, a quien comparte la intimidad, a quien confió su vulnerabilidad, no está cometiendo solo una falta afectiva. Está demostrando cómo administra el poder cuando nadie mira. Y eso, en política, importa.
Porque si alguien es capaz de romper un pacto básico —el de la confianza cotidiana—, ¿Qué podemos esperar cuando tenga que sostener acuerdos colectivos, cuidar compañeras, resistir presiones o atravesar momentos de conflicto real? La lealtad no es fidelidad ciega. Es coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Es hacerse cargo del impacto de los propios actos sobre otros.
Por eso, a la hora de construir comunidad organizada, de disputar poder real, de asumir responsabilidades públicas, también importa —y mucho— con quién compartimos la vida. No desde el amor romántico. Desde la ética de la lealtad.
Porque las personas que duermen con nosotras y nosotros son, muchas veces, las primeras testigos de nuestras decisiones, de nuestras dudas, de nuestras debilidades. Y también pueden ser quienes sostienen… o quienes socavan. Elegir a alguien que no comprende el valor de la lealtad, que relativiza la traición, que confunde deseo con derecho,
es poner en riesgo algo más que una relación. Es poner en riesgo un proyecto.
La historia política está llena de derrotas que empezaron en la intimidad.
Y también de procesos que se sostuvieron porque hubo vínculos leales, discretos, firmes, capaces de cuidar cuando el afuera era hostil.
La lealtad no garantiza la victoria. Pero sin lealtad, la derrota está asegurada. Y en tiempos donde la reorganización de la comunidad exige convicción, templanza y coraje, saber con quién caminar —y con quién compartir la noche—
no es un detalle menor.
Es una decisión política.