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Negar la realidad debilita. Comprenderla fortalece. Esa es una de las primeras lecciones que deja toda experiencia colectiva que se anima a organizarse, a crecer y a disputar poder. Porque allí donde hay organización, también aparecen tensiones, conflictos y, en algunos casos, traiciones.
Reconocer que pueden existir infiltraciones o conductas desleales no significa aceptarlas como inevitables ni mucho menos justificarlas. Significa comprender que ninguna organización, por pequeña o por grande que sea, está exenta de atravesar estos desafíos. La historia política y sindical lo demuestra una y otra vez: incluso los procesos más sólidos y transformadores enfrentaron traiciones internas. No porque fueran frágiles, sino precisamente porque eran relevantes.
El verdadero error no está en que existan intentos de sabotaje, sino en no saber leerlos ni enfrentarlos con inteligencia política. Cuando una organización reacciona desde el miedo o desde la personalización del conflicto, se desgasta, se fragmenta y pierde el foco. Pero cuando logra comprender lo que ocurre sin desviarse de su rumbo, se ordena, aprende y avanza.
La traición no habla del proyecto colectivo ni de quienes luchan. Habla de quien traiciona. No es una falla moral del conjunto, sino una decisión individual que deja al descubierto límites éticos, políticos y personales. Por eso, señalar culpables no fortalece; sostener el rumbo, sí.
Las organizaciones no se cuidan desde la desconfianza permanente ni desde la persecución interna. Se cuidan desde la organización consciente, desde estructuras claras, decisiones compartidas, procesos transparentes y memoria institucional. Se cuidan cuando hay formación política, cuando el conocimiento circula y cuando la responsabilidad no se concentra en una sola persona, sino que se construye colectivamente.
La infiltración se debilita cuando la organización es fuerte. No cuando se persigue, no cuando se rompe el tejido colectivo, sino cuando se consolida un proyecto que sabe quién es, hacia dónde va y por qué lucha.
La traición no destruye organizaciones. Lo que verdaderamente debilita a los proyectos colectivos es perder el horizonte, romper los lazos y abandonar la organización. Seguir organizándose, incluso después de una traición, no es ingenuidad: es madurez política.
Porque la traición no nos define.
Lo que nos define es cómo el proyecto.